Cuaresma: Penitencia y reconciliación

Acercarse un poco más a Dios quiere decir estar dispuesto a una nueva conversión, a una nueva rectificación, a escuchar atentamente sus inspiraciones –los santos deseos que hace brotar en nuestras almas–, y a ponerlos por obra. La persona humana necesita interiorizar su conocimiento personal para salir de la situación del pecado a una liberación integral, contando con la gracia divina y el esfuerzo humano. Siempre necesitamos disciplinar nuestra conducta con valores morales y espirituales. Valoremos este tiempo sagrado de la cuaresma y acerquémonos con humildad al Dios de la misericordia infinita hemos entrado en el tiempo de Cuaresma: tiempo de penitencia, de purificación, de conversión. No es tarea fácil. El cristianismo no es camino cómodo: no basta estar en la Iglesia y dejar que pasen los años. En la vida nuestra, en la vida de los cristianos, la conversión primera ese momento único, que cada uno recuerda, en el que se advierte claramente todo lo que el Señor nos pide es importante; pero más importantes aún, y más difíciles, son las sucesivas conversiones. Y para facilitar la labor de la gracia divina con estas conversiones sucesivas, hace falta mantener el alma joven, invocar al Señor, saber oír, haber descubierto lo que va mal, pedir perdón. Los que se acercan al sacramento de la penitencia obtienen de la misericordia de Dios el perdón de los pecados cometidos contra Él y, al mismo tiempo, se reconcilian con la Iglesia, a la que ofendieron con sus pecados.