Chucho y el amor pastuso

ruben-darioOía a pueblo allí dos horas antes de la medianoche del jueves. Porque era el pueblo el que había llegado desde temprano. Ese pueblo que soportó seis, siete horas de frío, de viento, de garúa, de hambre y de sed. Las autoridades y los directivos, llamémoslos así nomás, acudieron más tarde en sus autos enormes, con custodios y guardaespaldas, y esperaron  la llegada de la nave en la confortable y elegante sala de protocolo del aeropuerto de Tababela.

La que estaba afuera era la gente humilde, la que mira a los futbolistas exitosos como un referente para salir de la pobreza; la gente que necesita creer en algo o alguien para llenar sus vacíos materiales. Era la gente que apareció allí, en las instalaciones de un gigante aeropuerto que quizá pocas veces, o ninguna, puedan utilizar porque viajan de una ciudad a otra en bus. Era la gente que anocheció allí no solo desde el dolor legítimo sino, también, desde la novelería de convertirse, de alguna manera, en protagonista de un pedazo de realidad y de historia. La gente de los autos lujosos, nuevos, con diseños arrogantes, esperaba dentro de sus vehículos. Escuchaba la radio o miraba en sus teléfonos de última generación, vía Internet, lo que informaban los canales de televisión, unos exageradamente minuciosos, morbosamente detallistas (siga con nosotros, minuto a minuto, la trayectoria de la nave que trae al Ecuador el cadáver del Chucho Benítez). Pero, ¿de dónde salió tanto amor por el Chucho? ¿No lo criticaban e insultaban cuando defendía la selección y fallaba goles? ¿No decían, insinuando perversidades, que acá “no se esforzaba como sí lo hacía en los clubes mexicanos donde fue goleador y campeón? Gabriel Pazmiño, de la Villa Flora, universitario de 19 años, reflexionó y dijo que eso hacían los medios, por el “rating”, pero que si también lo hicimos muchos ecuatorianos fue porque somos expertos en amores pastusos. ¿Amores pastusos? Sí, como el del hombre que dice amar a una mujer y la golpea, como el de la mujer que dice amar a un hombre y le grita cada vez que la traiciona. Amor pastuso, como el olor a pueblo.

Rubén Darío Buitrón
www.rubendariobuitron.wordpress.com