Bravo por esos soplos conciliadores

Reconozco que me entusiasman los espíritus vigilantes, aquellos que están en vela permanente, dispuestos a luchar sin miedo alguno por poner calma allá donde la violación y la barbarie agita los corazones más sensibles e inocentes, o allende donde la libertad se encarcela y la estupidez nos halaga, con la toxicidad de un lenguaje que todo lo falsea, mediante una desbordante necedad de veneración hacia fetiches e ídolos que lo único que hacen es suavemente tomar posesión de nuestra buena disposición, robarnos el corazón y dividirnos en suma. Precisamente, la carga no se alivia activando las armas, sino fomentando los encuentros, en lugar de exterminar al enemigo. Hemos de saber que la enemistad lo único que hace es separarnos, levantar muros, excluirnos unos a otros, construir barreras que nos impiden hermanarnos y armonizarnos. Por eso, es importante cambiar de actitudes, transformarnos en ciudadanos del orbe, capaces de prestar auxilio siempre, pues la mejor invitación es la de ser clemente para poder conciliar diversidades y aminorar conflictos, reconciliando divergencias, a veces hasta consigo mismo. En consecuencia, nos corresponde a cada cual abrirnos a los demás y no ser prisioneros de ese mal que podemos generar. Desde luego, la humanidad en su conjunto, pero además cada individuo en su fuero interno, ha de vencer la actual hipocresía mundana e interrogarse sobre si uno siembra armonía u hostilidad.