Angélica Manrique ha dedicado su vida al servicio social

Un viaje inesperado, desde su natal Venezuela, trajo a Angélica Manrique Vargas, a la ‘Ciudad Blanca’.

El plan era conocer el país, sin embargo un mes después encontró trabajo y trasladó sus costumbres, y afecto por los más necesitados, a toda la provincia. Voluntariado tras voluntariado, iban marcando su paso por Ibarra, de la mano con su trabajo en diferentes municipios, ya que llegó de su país con una sólida experiencia en proyectos con el medio ambiente.

Poco a poco la gente la fue conociendo, no era extraño verla repartiendo comida o haciendo paquetes de donaciones, hasta que decidió formar la Fundación Armonía Universal, que en la actualidad, ayuda a miles de migrantes y ecuatorianos de escasos recursos.

La mujer de 32 años mencionó que la fundación, en donde trabajan cuatro personas, nació como un voluntariado hace tres años, en vista de que ella, con otros amigos, vieron necesidades en otras personas y buscaban generar soluciones. Así fueron creciendo, visualizando la problemática, buscando voluntarios y alianzas estratégicas para ayudar.

El grupo hace donaciones que reciben de las empresas, al momento entregaron la ayuda que llegó de las exportadoras bananeras. En total cinco toneladas de alimentos, fueron entregadas a casi 600 familias.

Los principales beneficiados de este proyecto, según Angélica, son las personas en movilidad, migrantes y también ecuatorianos en situación de pobreza. “Lo hacemos desinteresadamente.

Tenemos más de 2 000 afiliados que han recibido ayuda e invitamos a otros que colaboren para contribuir con quienes más lo necesitan”, dijo la migrante, asegurando que, en ocasiones, reciben donaciones de ropa, medicinas, útiles escolares y dan asesoría legal.

Mujer con gran corazón

“Esta es una tierra de oportunidades, de gente amable, gentil y fértil para que germinen los sueños, a través de la dedicación y constancia. Ibarra tiene personas nobles, amables y caritativas, que le tienden la mano a los extranjeros y eso me ha permitido seguir con mi legado.

Esta actividad la hago desde muy niña, inculcada desde mi casa; tenía seis años y se realizaba labor social en los ancianatos, el 24 de diciembre, y en los orfanatos, el 31 de diciembre, mi familia llevaba comida para todos y celebrábamos esas fechas especiales con los desprotegidos”, comentó con notable emoción.

Angélica asegura que aquí no se le hizo difícil realizar su labor. “Nos sentimos plenos cuando somos parte de algo superior que nos invita a ser mejores personas, desarrollando empatía, en donde los seres humanos nos ponemos en los zapatos de las otras personas y nos detenemos a escuchar, dándonos cuenta lo que necesita el prójimo”, mencionó.

“La situación de mis hermanos, es delicada, por las condiciones de vida que se mantienen allá. Ellos no salen del país porque quieren aventurar, sino porque realmente no tienen con qué comer y se escuchan relatos desgarradores como por ejemplo, que el padre come una sola vez al día, para que sus hijos coman dos veces o dejan de comer para ese bocado ceder a su familia”, finalizó la voluntaria.