Agradecimiento del Obispo saliente

“La vida del hombre son setenta años; y si tenemos fuerzas llegan a ochenta” – dice el salmista. La Madre Iglesia optó por un término medio para los obispos: decretó que su vida útil fueran setenta y cinco (a veces, un par de años más). Así, al aproximarse la fecha, el clero y la Curia Diocesana han querido unirse, con un homenaje especial en la Casa de la Cultura, junto con muchas otras instituciones y personas del ámbito civil y del eclesiástico, para manifestar a este Obispo saliente su aprecio, su respeto, su cariño y su fraternidad, que obligan al más sincero agradecimiento.

Desde joven me había ilusionado la belleza de esta tierra y sus culturas, la sabiduría de estas gentes, la profunda fe y la piedad sentida de esta Iglesia. A través de la poesía de un Carlos Suárez Veintimilla (palabra de ternura y pincel de paisaje), a través de la música autóctona y del arte religioso (un Víctor Mideros por ejemplo), a través de la intrépida fe de un obispo Leonidas Proaño, fui conociendo y amando lo que una vez sería la grey de mi propio cayado pastoral. Más tarde, durante mi larga labor educativa en la Universidad Católica, encontré a mucha entrañable gente  de Ibarra e Imbabura, que robustecieron mi estima y afecto por esta patria chica, de donde procedían algunos de mis antepasados.
Aquí en Ibarra me sentí desde el comienzo en familia. Aquí he gozado de la finura y gentileza de todos los sectores sociales; he compartido muy gustoso con las etnias y culturas; he disfrutado de la rica variedad de climas y paisajes; he viajado hasta los límites de una tierra incontenible para llevar la palabra y la presencia de Cristo a pobres que lo ansiaban; he recibido mucho más de lo que he podido dar; he aprendido de otros a sacrificarme, a confiar y a orar con denuedo y sobre todo a querer mejor y amar sin distinciones. Por eso, no me alejaré del todo. Les tendré siempre en mi corazón y en mi plegaria.
 

 Mons. Julio Terán Dutari
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