Adherentes

Jacinto SalasComo cientos de ecuatorianos y ecuatorianas,  acabo de enterarme que  soy adherente de un movimiento político. Curiosamente, del único que según su líder jamás compraría una base de datos, porque tenía brigadas en todo el país, en cuyas nóminas sólo hay angelitos incapaces de incurrir en las mañas de la partidocracia.(¡)
Soy adherente y no lo sabía.  Hoy, como muchos, debo concurrir a la Fiscalía para denunciar la utilización abusiva de mi nombre y firma,  pedir que investiguen   por qué contra mi voluntad, estoy registrado  donde no he pedido ni  quiero.
Lo anterior demuestra que la “adhesión” fraudulenta no es exclusiva de opositores. Afecta a todos los movimientos políticos, por lo que en vez de rasgarse las vestiduras y acusar a otros, demandando sanciones, endilgándoles el título  de delincuentes, deberían comenzar a buscar las razones profundas que expliquen, por qué subsiste el  arbitrario procedimiento que  afecta a nuestra incipiente democracia.
Algunos analistas apuntan a esas exigencias legales, como la obligatoriedad de alcanzar un determinado número de afiliaciones y adhesiones, las que se recogen al apuro, únicamente para cumplir una formalidad, una exigencia.
Se cumple con el requerimiento. Se satisface la condición básica de alcanzar un número, una cantidad de nombres, de firmas. Nada más. El resto no importa. Como tampoco interesa, en absoluto, la adhesión firme a un ideario, la convicción política consistente, y mucho menos el compromiso con una doctrina política que nace del conocimiento y de la lealtad.
 En los viejos tiempos de la partidocracia, los socialistas lo eran para siempre. Los conservadores y liberales, igual. Eran partidos de gente convencida y leal. Hoy se llenan “formularios”. Esto último no contribuye, en absoluto, a consolidar  un régimen de partidos que sólo se construye en un escenario de tolerancia, respeto a las libertades y a la confrontación cívica de las ideas.