‘The Wall’, genialidad y megalomanía

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‘The Wall’, genialidad y megalomanía

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enfo-6Si Pink Floyd es la banda que es, con 50 años de existencia cumplidos este año y una influencia enorme en la evolución del rock, se lo debe a ambos (aunque no hay que olvidarse de los comienzos con Syd Barret). Uno, Waters, le aportó la genialidad; otro, Gilmour, la sensibilidad.

Waters trabajó como nadie las ideas conceptuales y craneó los mejores trabajos del grupo; Gilmour le dio brillo y virtuosismo a sus composiciones. Cada uno tiene méritos de sobra en la historia del emblema del rock progresivo y cada uno ha tenido sus etapas de merecido protagonismo. Pero la estrella de la que hay que hablar hoy es Roger Waters y, discusiones, preferencias y argumentos aparte, cualquiera que se considere fanático de Pink Floyd debería ver la película.

The Wall, el álbum conceptual que Pink Floyd lanzó en 1979 basado en las peripecias de Pink, un personaje ficticio generado a partir de la historia de Waters, es la base de este largometraje que, vale aclarar, no tiene ningún punto de comparación con la película de 1982 (dirigida por Alan Parker y protagonizada por Bob Geldof). Entre 2010 y 2013 el bajista recorrió los grandes estadios del mundo, incluyendo el Monumental de Núñez de Buenos Aires, con “The Wall Live”, una gira que rompe los límites de la imaginación. El público que la vio en vivo y en directo, que fue parte de tal montaje, grita, llora, alucina, enloquece a modo de reacción a lo que sucede en el enorme escenario.

Allí van desfilando los miembros de un ejército comandado por Waters, que vestido de negro y con una larga gabardina parece ser un gigante. Su pelo blanco, su gesto adusto y su voz fuerte colaboran a construir una figura que mientras camina, mete miedo. Además de músico, el británico es un actor muy convincente: cuando toma una metralleta, apunta a la audiencia y dispara sin control, esta periodista le cree el papel de asesino. Las secuencias de la gira están mezcladas con un viaje (literal y metafórico) muy personal de Waters, a través del que se logra comprender un poco más toda la historia de las canciones que hacen a The Wall, uno de los mejores discos de Pink Floyd y obra cumbre de la denominada era Waters. Tanto su abuelo como su padre murieron en combate, y Waters decidió que su reencuentro con ese dolor fuera filmado en 4K, tecnología de altísima calidad, y llevado al cine. En ese recorrido que lo traslada a distintos puntos de Europa, la música juega un papel fundamental manteniendo el mismo clima de tensión que se genera en los shows de “The Wall”.

 

El aguafiestas

La música que aterra pero que enternece

Jamás olvidaré The Wall (La pared). Ni la película ni el disco, que lo tengo aún en acetato, como una joya de colección, y también en CD.
En el CD se juntan algunos tesoros del grupo inglés Pink Floyd: un concierto en vivo en París, la película y algunos “bonus track”.
Pink Floyd, ya lo sabemos, no es solamente The Wall, pero la generación de los ochenta lo recordaremos siempre por aquella obra maestra.
En ella, su líder, Roger Water, propone a las audiencias y al mundo entero una apuesta por la paz, por la educación reflexiva y horizontal, por el amor paterno (su padre, en la vida real, murió combatiendo en la Segunda Guerra Mundial cuando Waters era un niño).
Nada de eso se ha logrado. Por el contrario, el planeta y sus potencias se enreda cada vez más en guerras crueles y salvajes, más salvajes y crueles que las que la historia nos ha enseñado.
El amor familiar tampoco ha evolucionado como hubieran querido Roger Waters y sus compañeros de Pink Floyd. Por el contrario, los valores familiares cada día son más dispersos y se atomizan, se parten, se disuelven.
Sin embargo, para Rogers sí existe algo que está cambiando: un modelo de ciudadano cada vez más consciente y más comprometido con el cambio social.
Si es así, el discurso lírico y poético de Pink Floyd está más vigente que nunca.