Categoría: Crónica Urbana Escrito por EL NORTE Visto: 476
Otavalo. Gracias a la atrayente propuesta formulada por Oscar Jara, amigo dilecto y compañero de innumerables jornadas laborales en el informativo Contacto Directo del Canal 8TV (adonde llegué merced a la muy oportuna anuencia de Gonzalo Rosero, periodista a carta cabal), empecé a involucrarme en la amena tarea de colaborador del semanario EL NORTE.
Oscar en ese entonces, era su director general, bautizo mediático recibido cuando un sábado 10 de agosto de 1985 fue publicado mi primer artículo. Para este servidor, constituyó una verdadera escuela de autoformación apuntalada mediante la asimilación de una que otra lectura didáctica.
El Norte. Algunos han sido los medios informativos (Diario EL NORTE principalmente) en donde Patricio “pipo” Pérez ha sido el contacto imprescindible. Así, a través de la palabra escrita he podido difundir mis reportajes, crónicas, anécdotas, ensayos biográficos cortos, datos históricos debidamente documentados y artículos de la opinión de un ciudadano común. Haciendo un breve recuento, cuánta agua ha fluido bajo el puente,
Otavalo. Un poco más de cuarto de siglo que ya es historia contada, de un quehacer que me ha permitido conocer a verdaderos personajes, de relación directa con “tiempos idos no volvidos” los cuales me trasladan a esos recuerdos gratos, al Canal 8TV, al CPI y más allá, al Otavalo pretérito, único e insustituible, aquel de las callecitas empedradas y viviendas cubiertas de tejados añejos en cuyos aleros, golondrinas o gorriones anidaban su refugio tras describir vuelos multiformes para repasar el paisaje entrañable; de la ciudad genuina en donde cedíamos la vereda a los mayores y nos conocíamos todos antes de la inevitable invasión parroquiana; del Neptuno y Las Lagartijas, manantiales cristalinos en donde naufragaron nuestras párvulas humanidades para provocar encuentros intencionales con sirenas mitológicas de belleza embrujadora; del campin y el Vicente Solano, anchas cuadraturas predispuestas a soportar infatigables jornadas de fútbol; de rayuelas, billusos, trompos, zumbambicos, bodoqueras, catapultas, cometas y más juegos que junto al barrio querido o en los potreros circundantes poblaron nuestra infancia; del Bolívar y el Apolo, rincones que a través de proyectar magia, nos permitían introducirnos en un universo encantador; alejado del ruido ensordecedor proporcionado por vehículos conducidos por individuos que desconocen las normas elementales del convivir ciudadano. Terruño íntimo que nos vio nacer y testigo permanente de nuestro devenir. ¡Prohibido olvidar!...como diría el que sabemos.
Jaime Núñez Garcés
Especial para diario EL NORTE