Habita en una caverna acompañado de la soledad

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pag-4Un cuerpo cubierto de harapos y miseria, mirada perdida y paso diligente avanza entre la penumbra por el callejón de Cruzloma con un sucio costal lleno de nada a sus espaldas. Gullino, Chavelo, El Loco del Costal o simplemente Gonzalo, es para quienes dan fe de haberlo conocido alguna vez, apelativo suficiente con el cual identificarlo.
Los ancianos del sector, con admirable solemnidad fruncen el ceño para hurgar entre sus casi desvanecidos recuerdos, y relatan que su madre era una mujer de etnia indígena quien llevaba sobre su ser una discapacidad mental y la que según la leyenda, abandonaba a sus crías al poco tiempo de nacidos. Lo cierto es que Gonzalo corrió con mejor suerte si fuese real tan fantasioso relato pues una familia vecina lo acogió en su seno como si fuera uno más de su estirpe.
SU MADRE ADOPTIVA
“Aguedita”, su madre adoptiva, se encargó de que a ese inocente infante nunca le falte alimento, cobijo y sobre todo afecto, en medio de la sencillez que caracterizaba a la gente de aquel entonces.
No obstante, el infortunio llegó tarde o temprano; los años diezmaron la integridad física de su nodriza y entregó su ser a la eternidad, sin dejarle más fortuna que una dulce remembranza de su cariño y abnegación.
Hasta donde pudo conocerse trabajó como jornalero intentando llevar una vida normal por determinado tiempo. Sin embargo su actitud repentina de alejamiento y desvarío daba clara muestra que Gonzalo había dejado lejos su lucidez.
Sin posesión material entre sus manos, se internó a la lejanía de las quebradas donde colinda el feudo con el poblado afrochoteño denominado Chalguayacu, y ahí se quedó.
Como si se tratase de un ser espectral, los perros expulsan furibundos sus aullidos cuando lo ven pasar, y no falta la mala intención de algún muchacho inconsciente que fastidia su escasa cordura hasta verlo convulsionar en un estallido de emociones que van desde el llanto hasta el autocastigo.