Mariana de Jesús Mestanza: ‘Mis 75 años son hermosos’

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marianaIBARRA. Su rostro resplandece en la mitad de la mañana.

Y lo más probable es que resplandezca siempre, donde esté, donde vaya, donde iluminen su dulce mirada y su tierna sonrisa y su suave manera de pronunciar las frases y las palabras.

 

Es difícil hallar una mujer que diga su edad de la manera que Mariana de Jesús Mestanza Reyes lo dice: “En noviembre cumplo mis hermosos 75 años”.

Cree con firmeza en Dios, pero su fe no está basada en lo abstracto sino en los hechos, en el ejemplo, en los actos de amor de cada día por las personas.

Cuando tenía 50 años murió su esposo, Luis Aníbal “Chalo” Castillo, por un cáncer al hígado.

La vida es irónica: Chalo nunca tomó bebidas alcohólicas y ahí Mariana, que tiene espíritu de investigadora, de científica, de periodista, se puso a leer en busca de la razón de ese cáncer que parecía injusto.

Así descubrió que el mal, la cirrosis, no solamente ataca a quienes beben alcohol, sino también a las personas que toman pastillas en exceso.

Mirarla es sentir que se mira un lago, un bosque, un paisaje apacible.
Porque Mariana es apacible. Es optimista. Es inteligente. Mantiene una conversación interesante.

Lee mucho y cuando no tiene a la mano una revista o un libro toma su “tablet” e ingresa a Internet.

Su filosofía básica es que la preocupación es la clave de toda enfermedad.
Recuerda cuando veía desde la ventana que su esposo regresaba del trabajo con gesto de tristeza o de incertidumbre. Salía a recibirlo, le llenaba de abrazos y ternura y lo llevaba a caminar por el barrio: el respeto y el diálogo son la esencia del amor. Y lo curan todo.

Los problemas no son nuestros, explica Mariana.

Porque las penas y las angustias hay que ponerlas en las manos de Dios y Él es quien soluciona las cosas. Él es el único que tiene la llave de las puertas de los líos.

A eso se debe que su actitud ante la vida es así, serena, tranquila.
A eso se debe que ama a Ibarra con el corazón entero y busca cómo aportar a la ciudad no solo cuando hay fiestas cívicas, porque eso es lo que hacen todos, sino en su cotidianidad, en su cada día.

En su amplia casa de dos pisos, cuyo único defecto es llenarse de esmog y humo y ceniza por el paso de los buses con el tubo de escape en una esquina alta, están la sala y el comedor.

Una sala sin lujos, pero digna, impecable. Dos sofás y cuatro butacas de tapiz verde petróleo rodean a una mesita redonda, de madera. Allí es donde investiga, anota, busca datos. Sí, debió ser periodista por su pasión por saber, por no callar, por ir a la fuente si tiene una duda.

Yo la conocí de esa manera. A los tres días de que el papa Francisco santificara a la polémica monja Teresa de Calcuta llegó a mi oficina, me miró fijamente a los ojos y me preguntó, a quemarropa, por qué había escrito una nota en la que ponía en evidencia aquellas preguntas oscuras y nunca respondidas por el Vaticano.

Le entregué el documento de una investigación de la BBC de Londres y le expliqué cómo la religión muchas veces enmascara objetivos geopolíticos.
Se fue con el documento. Y al día siguiente estábamos charlando en su casa. Y ella, contenta porque se le despejaron las dudas.

Así es esta ibarreña que ama a su ciudad caminándola, conociéndola, sorprendiéndose con lo nuevo, visitando la iglesia, acudiendo donde sus amigas, siguiendo los talleres para jubilados del Seguro Social, disfrutando de los 600 dólares que recibe cada mes.

Es feliz porque siempre ha buscado ser feliz y ha dejado que la vida la hiciera feliz. Con su esposo, con sus cinco hijos. Con su manera de emanar luz de su rostro.

A sus hermosos (porque sí, son hermosos) 75 años vive con calma. Sufre (¿sufre?) de presión alta. No. Cada mañana toma una pastilla de Presabel.
Y sale a caminar, resplandesciente, iluminando Ibarra en cada paso que da.