El catalán que es feliz en Imbabura

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El catalán que es feliz en Imbabura

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albertDiseña libros desde hace muchos años, cuando  en su natal Cataluña, a la que ama con pasión, descubrió que lo suyo era la estética impresa.

Cuando Albert Arnavat se graduó de la universidad, fue catedrático de diseño y artes visuales, sino de historia contemporánea y de historia del mundo.
Pero, en lo profesional, si algo lo enciende, si algo lo mantiene vital, despierto, como tuviera un sol ecuatorial en su corazón, es el diseño gráfico.
Y aquí está. Feliz con su más reciente obra, “Imbabura gráfica”, en la que con la ayuda de catedráticos y estudiantes de la Universidad Técnica del Norte (UTN) logra plasmar algo insólito: lo que todos los que habitamos esta provincia vemos todos los días, pero la rutina nos impide detenernos en ellas.
Llegó al Ecuador casi por casualidad, aunque él y yo y todos sabemos que las casualidades no existen: en realidad, estaba pensando en cambiar de aire, de ambiente, de ir por el mundo en busca de sí mismo.
Ahora, a sus 54 años de edad, recuerda que el 5 de noviembre de 2013 leyó en un periódico de su ciudad que en Ecuador se requerían PhDs y magísteres para trabajar en proyectos académicos y universitarios, decidió que aquello era lo que quería para su vida futura.
En 2014, cuando le llegó la aceptación oficial de la Senescyt, vendió todo lo que tenía, desde su auto hasta sus muebles y objetos que eran parte de su existencia pero que podía traerlos, viajó 10 mil kilometros en avión, llegó al aeropuerto de Quito y pocas horas después ya estaba en Ibarra como parte del proyecto Prometeo.
Su primer trabajo acá fue en la fábrica Imbabura, en la que, junto con el gerente de entonces, Miguel Ángel Posso, desarrollaron una serie de proyectos museológicos y gráficos hasta que terminó su compromiso con la fábrica y, en teoría,  terminaba su estadía en el país.
De inmediato supo que si se fuera no podría vivir de tanta nostalgia, se presentó a otro concurso para ocupar un cargo académico en la Universidad Técnica del Norte. Y lo ganó.
Acá ha descubierto otra forma de mirar la vida de quienes son parte del entorno que habita y del entorno de su trabajo cotidiano.
Y aunque lo único que extraña de su tierra son su madre y el mar, y aunque es un apasionado por Cataluña como eje de pensamientos ideológicos, no cambiaría nada por seguir aquí.
Acá ha descubierto otros colores, otros sabores, otras texturas, otras pieles, otras visiones de la existencia, la sencillez, la modestia.
Ya conoce muchos trucos para vivir en Ibarra y disfruta saber de ellos: no los comparte demasiado, porque sus amigos y sus afectos no son otros europeos ni extranjeros sino, más bien, gente de esta para él alucinante provincia.
Mientras ennumera los sabores descubiertos acá (el cuy, el aji, la chirimoya, la guanábana, el ovo, la uvilla), mientras habla de la amabilidad con la que lo trata la gente, mientras dice que en Imbabura cada día es una fiesta, ya tiene una certeza: “Yo me voy a morir aquí”.