Nunca hallé la ventaja terapéutica de la hierba

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La primera vez que fumé marihuana lo hice como todos: por pura curiosidad.
La segunda vez también lo hice como lo hacen todos: porque se mantiene la curiosidad.
En aquellas dos veces no pasó absolutamente nada, no percibí absolutamente nada, no me dio ataque de risa, no caminé como camello en el desierto y no me dio “la leona” y no volé ni un milímetro por encima del piso.
La tercera vez, en cambio, fue dramática.
Estaba solo, en una esquina del barrio América, y llevaba 50 sucres de mi primo Mario, quien me pidió que le ayudara a comprar un paquete de hierba porque estaba triste preparando el viaje más largo de su vida.
Le dije que solo por él haría eso pero que no me parecía bien, aunque al final lo hice porque en realidad yo era un mojigato.
El dealer armó un bareto y ahí mismo, en plena esquina, me pidió que probara la calidad de su producto.
Fumé medio pito, el dealer desapareció con la plata y yo, perdido, creí que todo el mundo me miraba, que todos me acusaban, y crucé tembloroso la avenida América rumbo al barrio donde vivíamos mi primo con sus padres y hermanos y yo en casa de mi madre.
Mario me esperaba en la puerta de la casa y dijo “Me lo das en mi cuarto, no quiero que mamá sospeche”.
Empezó a fumar y yo corrí a casa porque me empezaba a gustar ese olor a pasto quemado en verano, esos colores extraños de la calle.