¿Quién pinta o despinta el color de tu vida?

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¿Tu vida tiene colores?
¿Esos colores los has pintado tú o alguien te los pintó?
Cuando estás gris, ¿se lo debes a alguien o a ti mismo?
Y cuando estás de rojo intenso o de azul eléctrico, ¿quién eres?
Tú debes ser el Picasso o el Miguel Ángel o el Da Vinci o el Warhold o el Guayasamín de tu propia vida.
¿Por qué dejas que otras personas te conviertan en una pintura abstracta o en una acuarela mal combinada o en un carboncillo que un día irá borrándose de la existencia de esas personas?
¿Por qué dejas que alguien que no te quiera tome un borrador y te deje sin colores?
Píntate a ti mismo cada mañana. Píntate de los colores que te dé la gana. Píntate como quieras que los demás te miren pero, sobre todo, píntate como quieras mirarte a ti mismo en cada momento de tu existencia, en tu trabajo, en tu casa, en tu familia, en tu cotidianidad, en el amor, en la amistad, en el compañerismo, en la tarea más sencilla que tengas, en el acto de solidaridad más generoso y sacrificado que puedas hacer.
El color de tu vida es el color que tus pinceles determinen. No es el color que los pinceles de otros te lo impongan.
Siempre habrá gente que quiera dibujarte de colores grises, que pretenda llenarte de sombras, que trate de que el traje que llevas por dentro sean de tono tristeza o de tono depresión o de tono angustia o de tono impersonal o de tono cansancio de vida.
Brilla con tus cristales y tus transparencias. Contagia de soles al mundo. Invade de arcoiris los espacios donde vas.
El color de tu vida es el color que tus pinceles determinen. No es el color que los pinceles de otros te lo impongan porque esos otros solo querrán verte monótono, es decir, de un solo tono, rutinario, simple, intrascendente.