Cuando yo tuve ojos azules y no me di cuenta

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Esos extraños juegos del ADN y de los cromosomas X y Y no los entiendo.
Cuando estaba en el colegio aprendí biología y se supone que debí entender que el cuerpo humano está atravesado de complejos sistemas de “chips”, neuronas, ramales del sistema nervioso y cruces de hornomas que nos hacen distintos a los demás.
Pero de lo que me arrepentiré siempre es no haber atendido la clase en la que el profesor nos enseñó (¿nos habrá enseñado?) que todos los bebés nacen con los ojos celestes o azules, como si fuera una marca de los seres humanos o un entramado de huellas que empiezan a marcar el físico de cada uno.
Si es verdad lo que aseguran los científicos, las maternidades de todo el planeta están plagadas de recién nacidos con ojos azules.
Pero lo que yo no supe nunca era que un día tuve ese color de ojos, que quizás duró una horas o unos minutos, y como todavía no podía hablar se me hizo imposible amenazar de muerte a los pediatras o chantajear a alguna enfermera con alguna cita amorosa cuando yo creciera.
Así fue cómo perdí, para siempre, la oportunidad de ser un trigueño de ojos azules.
Esta mañana me he visto con tanta atención en el espejo en busca de alguna mancha azul, al menos, pero resultó inútil.
Tengo ojos de color café oscuro, creo, y soy un cualquiera. Pude ser pelucón, al menos por los ojos azules, pero ya ven cómo es la vida de sorprendente.