Del lenguaje de señas al lenguaje de señas...

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Hace poco, unos dos años será, envié un mensaje por Whatsapp a alguien de quien necesitaba su respuesta inmediata.
La respuesta fue el dibujo de una mano con los cuadro dedos cerrados y el pulgar arriba.
Me sorprendí. ¿Qué era eso? Ah, ya. Era un “de acuerdo” o era un “ok”.
Pero, ¿no podían poder “de acuerdo u “ok”?
Empecé a explorar el Whatsapp y vi todo lo que había.
Alguien me dijo son los mismos emoticones de los chats, los mismos emoticones de las redes sociales.
Entonces empecé a usarlos. Caí en el silencio digital universal. No hables. No te expreses. No escribas. No expliques nada.
Solamente pon un rostro amarillo y redondo que se pone triste, que se pone alegre, que llora, que se asombra, que tiene sueño, que duerme, que se ruboriza, que se arrepiente...
Y así, gracias a Scott Fahlman, de la la Universidad Carnegie Mellon, cada vez más vamos dejando de hablar, cada vez más no sabemos cómo decir lo que tenemos que decir, cada vez más nos comunicamos por señas, cada vez hablamos menos, cada vez vamos perdiendo la poca ortografía que nos quedaba.
En el periódico donde trabajo he visto una compañera sentada junto a otra, chateando entre ellas.
¿En qué momento perdimos el don de expresarnos, de hablar, de buscar las palabras precisas?