Cuando el padre es huérfano de sus hijas

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Debo hacer una confesión: desde hace algunos años no he podido ver a mis hijas.
Fueron y son mi tesoro. Lo más hermoso que la vida me dio.


Las tuve entre mis brazos desde que nacieron: muñequitas envueltas en cobijas y vendas.
El momento más emotivo de mi vida fue cuando sus manitos apretaron uno de mis dedos.
Las amo tanto y, sin embargo, no puedo abrazarlas ni mirarlas porque las circunstancias de la vida lo determinaron así: me divorcié. Y aunque al principio parecieron entenderlo, no me perdonaron y me abandonaron.
Pese a los intentos que he hecho, nunca más han querido hablar ni verme.
Ahora soy huérfano de ellas. No las tengo. Y el vacío cotidiano que me dejaron es indescriptible.
No puedo construir metáforas ni describir el dolor que aquello me causa.
Algunas noches, cuando estoy solo, intento recordar cada momento que viví con ellas, los largos paseos por distintos lugares del país o el año que vivimos juntos, los tres, cuando su madre se fue a estudiar en el extranjero y hasta aprendimos a cocinar.
Traté de ser buen padre. Les di mi amor, mi ternura. Le enseñé muchas cosas. Les acompañé hasta su adolescencia.
Espero que al menos eso recuerden del padre al que dejaron huérfano.