Haz lo que te dé la gana, al fin y al cabo estás solo...

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Supongamos que decides estar solo un tiempo porque ya te hartaste de todo.
Vives en un departamento confortable, tienes lo necesario para comer, para vestir, para divertirte.
No hay nadie que te vigile. No hay nadie que te pida rendición de cuentas. No hay nadie que te recrimine por qué llegas a tal hora o por qué no llegaste.
No hay pareja que sutilmente te exija que le ayudes en las tareas domésticas ni que te conmine a que la lleves a cenar o a bailar.
Estás solo. Feliz. Al fin, sin que nada ni nadie te impida hacer lo que te dé la gana.
El fin de semana dormir hasta cualquier hora. Evitar las visitas a la familia política. Eludir el almuerzo dominical con tus hermanos y tus sobrinos y tus cuñados y tu mamá.
Tienes tantas cosas que hacer que te parece extraordinario encontrarte, de pronto, en esta situación. Y empiezas a pensar por dónde comienzas.
Puedes comenzar por cualquier parte. Por cualquier cosa que te encapriches hacer. Por cualquier locura que nunca antes pudiste porque te lo impedían.
Pero no sabes por dónde empezar. Y dudas. Qué cosa más rara esto de vivir solo. Qué cosa más aburrida.