La palabra escrita es más fácil que la dicha

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El invento del señor Marck Zuckemberg es maravilloso, pero también terrorífico.
Nos ha convertido, a 800 millones de usuarios de Facebook, en robots humanos que, primero, escriben mal, con una ortografía deplorable que dicen que es irrelevante.
Y que escriben frivolidades, que escriben sobre sus fiestas, sus paseos, sus amores, sus desamores, sus bautizos, sus cumpleaños, sus matrimonios (sus matrimonios digo, conste), sus grados en el colegio, en la universidad, en los institutos, en fin...
Y todo eso gracias a Facebook o, en términos populares, “carelibro”.
La maravillosa y a la vez terrorífica red social (o antisocial) también nos hace mudos.
Preferimos escribir “messengers”, millones de millones de “messengers”, en lugar de llamar por teléfono o citarnos con la otra persona, muchas veces porque para el ser humano es más fácil decir las cosas al prójimo sin mirarlo a los ojos.
No niego la utilidad del mensajero virtual. Pero tampoco nadie podrá negarme que los “messengers” son una parodia de conversación, una patética imitación de un diálogo profundo, una manera fácil, insisto, de no mirar a los ojos ni escuchar la voz propia y la del otro.