¿Y si María volteara a mirar a otro?

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¿Y si María volteara a mirar a otro?

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Una de las enseñanzas tempranas de mi padre fue abordar a las chicas guapas que pasaban por la calle y decirles palabras bonitas que les resultaba imposible no subyugarse a su ritual de conquista que, claro, empezaba por voltear a verlas de los pies a la cabeza.
Y ese ritual, se sabe, termina en otros rituales que se van complicando hasta que resulta imposible o casi imposible –según el cinismo con el que lo hagas- desenredarse.
Eso le pasó a mi padre. Tuvo mucho éxito con las mujeres gracias a su verbo y galantería, pero también muchos líos cuando esas chicas ya no querían aventura casual sino vida conyugal. Una familia. Dos familias. Tres familias. Al mismo tiempo. Mi padre debió llevarse el Guinness.
Cuando crecí, mi timidez y malos recuerdos paternos me hicieron ver a las mujeres de otra manera.
Fui un picaflorhasta que llegó María, a quien investigué no solo de pies a cabeza sino sus ideas, pensamientos, forma de ver la vida, pasados afectivos.
Gracias a ella no he tenido que voltear a ver a ninguna otra mujer. ¿Y María? Supongo que tampoco. Porque un pedazo de mí moriría si algún rato ella volteara a ver a un hombre.