Una mujer espigada y unos tacos aguja

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Una mujer espigada y unos tacos aguja

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Clara, la vecina, me gustaba desde pequeño. Era una de las mujeres más bonitas del barrio y medía más de 1.76. Yo, solo 1.72.
Los cuatro centímetros no fueron fáciles de superar: era la más alta del barrio y estaba orgullosa de aquello.
Como usaba zapatos con tacos aguja, que le daban más garbo y presencia, fui donde el maestro Lucho, el zapatero del barrio.
Le conté que iba a salir al cine con Clara y me dio una solución fantástica: me pondría doble taco grueso en los zapatos, con lo cual yo llegaría a 1.75.
Nunca olvido su sentencia: “Discúlpeme, pero más no puedo hacer”. Y no hubo nada más que hacer. A la entrada del cine apareció Clara con sus zapatos de taco aguja y yo no la alcanzaba ni siquiera con mis tres centímetros demás.
Se acabó la función y ya éramos oficialmente enamorados, pero no pude resistir caminar a su lado, tomados de las manos en dirección a la heladería.
Luego del Banana Split y unas palabritas tiernas, fui a dejarla en su casa, pero no volví a llamarla más. Mi complejo fue más que mi entusiasmo.