El placer de dormir sin ropa tiene sus bemoles

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No hay nada más delicioso a medianoche que sentir la otra piel, la que duerme junto a ti, y acurrucarte en ella como si fueras un bebé necesitado de calor o un montañista que vuelve de las nieves del volcán.
Igual ocurre en la madrugada o al despertar. Dar calor o sentir calor es un placer casi indescriptible, es un don que la naturaleza nos dio primero para protegernos del frío en las antiguas épocas de las cavernas y luego para proteger a quien duerme a tu lado.
No dudo que, inclusive, ayude a la salud no solo física sino psicológica: que nadie venga con el cuento de que es mejor dormir solo, sentir frío y despertarse en la vastedad de las faldas de una montaña.
El problema, sin embargo, es lo que te ocurre cuando no tienes con quién dormir a tu lado. Cuando estás solo. Cuando las circunstancias de la vida (y del amor) te dejan abandonado a tu suerte.
Entonces, dormir desnudo ya no es saludable ni física ni psicológicamente: puedes adquirir un resfriado, que es lo más manejable, o un trauma depresivo, que es lo más complicado.
Se me ocurre que una almohada puede atenuar en algo la necesidad del otro, pero la desnudez de quien te ama junto a tu cuerpo es irremplazable.