El récord Guinness del rey de La Cañada

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En el colegio La Salle tuve un compañero que cada lunes o después de cada vacación para pasar al siguiente curso nos reunía en el recreo y nos contaba extraordinarias proezas.
Una de ellas hizo que la presenciáramos, cuando los hermanos cristianos nos llevaron de paseo a Manta.
Fue el primer tour que hicimos porque, según los señores de las sotanas, solo al llegar al décimo de básica se lograba ese derecho.
En Manta, con el permiso (o complicidad) de los piadosos hermanitos fuimos al legendario prostíbulo La Cañada, hoy desaparecido.
Algunos, tímidos y sin experiencia, preferimos quedarnos bajo un cuchitril junto a un par de cervezas Club a la espera de los más audaces.
Otros, entre ellos aquel compañero, el que más dinero tenía, fueron en busca de una de las chicas semidesnudas que esperaban al filo de la puerta desvencijada de uno de los cuartos situados uno junto al otro.
Unos salían a los cinco minutos. Otros, a los 10. Pero él, hora y media después. Inflado de orgullo narró que la chica no lo dejaba salir por su efectividad y potencia.
En el imaginario colegial quedó, para siempre, como El rey de La Cañada. Nunca supimos cómo ni qué hizo allá adentro.