Torcer el cuerpo para enderezar el alma

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Torcer el cuerpo para enderezar el alma

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Hice yoga dos meses cuando tenía 19 años. Y nunca más volví a torcer el cuerpo porque sentí que no era lo mío, que no era ese el camino para, al menos en mi caso, enderezar el alma.

Desde entonces entendí que el camino para pensar, reflexionar y meditar era un sendero que se bifurca, como diría el maestro Jorge Luis Borges.
Es decir, cada uno tiene su forma y su manera de templar el espíritu. Unos rezan, otros oran, otros meditan, otros hacen deportes extremos, otros toman su bicicleta y se dejan llevar por rutas desconocidas que tienen riesgos pero que, al mismo tiempo, son maravillosas.
Y ahí se encuentran consigo mismos. Y ahí hallan las respuestas a sus preguntas. Y allí descubren que la vida, su vida, necesita un cambio de rumbo.
El yoga no dio resultado porque mis pensamientos volaban y se confundían, eran imprecisos, se enredaban. Cada sesión terminaba “haciendo caldo de cabeza”, como decía mi abuela Michita, y quedaba más intranquilo y angustiado que antes.
Mi yoga se volvió escribir diarios. Cada noche me dedicaba a poner sobre el papel ideas, reflexiones, cuestiones que me costaban resolver. Al día siguiente leía lo que había redactado y se me abría el alma como un paisaje de colores.

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@rd_bui