Cuando me despierto a las tres de la mañana

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Llevar una vida diaria a 160 kilómetros por hora tiene sus consecuencias: ¿a qué hora aplastas el freno? ¿Cómo lo aplastas sin que sea brusco el descenso de la velocidad? ¿De qué forma te desconectas del estrés, del vértigo, del acelere, del incesante ritmo que te impone el día a día durante la jornada de trabajo? ¿Cómo haces para que la tensión laboral no se traslade al hogar?

Y, bueno, si logras superar todo aquello, ¿es posible que descanses con tranquilidad, en un clima sereno y armónico, rodeado del afecto y la ternura de tu pareja y de la seguridad de que tus hijos duerman con la seguridad de que sus padres lo protegen, lo cuidan, están listos para atenderlos en caso de que lo necesiten?
Los científicos dicen que las tribus africanas no conocen ni el significado ni el sentido del insomnio. Y que mientras más lejos están de lo que llamamos “civilización” duermen mejor, sin nada que altere su descanso.
Llevar la vida a 160 kilómetros por hora no es aconsejable, pero no queda remedio. ¿Cómo, si no, cumplimos con las obligaciones del trabajo, de preocuparnos de los hijos, de mantenerse en contacto con la persona que amas y que se encuentra, también, en una vorágine similar?
El frenazo en la vida diaria es difícil. Cerrar los ojos y dormirte de inmediato es un mito. Digan lo que digan los estudios científicos, en estos tiempos nos toca semidescansar y semidormir a 160 kilómetros por hora.

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@rd_bui