De hierba maléfica a infusión medicinal

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De hierba maléfica a infusión medicinal

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La primera vez que fumé marihuana fue en el balneario de Cununcayu, adonde los hermanitos cristianos de La Salle nos habían llevado a retiro espiritual.
En la mitad del retiro, el hermano Cornelio, que era el más avezado y quien menos sentía su vocación (pocos meses después botó la sotana y se fue a vivir con la bibliotecaria de la Universidad donde él estudiaba), nos dio dos horas de descanso y recomendó que fuéramos a la piscina donde hacíamos el retiro.
Después de unos cuatro largos y diez anchos en la estrecha piscina, nos cansamos, fuimos al bar y descansamos sobre el césped.
Mientras tomábamos Cola-Cola y comíamos salchipapas, Fabricio Sáenz encendió lo que creí que era un cigarrillo común y corriente.
Pero no lo era. Ni común ni corriente. Y yo, que nunca había fumado ni siquiera un tabaco normal, decidí probar, tragué el humo como me aconsejaron los expertos y sentí agradables y desagrables sensaciones.
¿Y después? ¿Tuve otras experiencias? ¿Me volví adicto? ¿Cuántos pitos más fumé? ¿Ah? Además, sufro un poco de amnesia. Las neuronas que perdí me dejaron sin recuerdos. Ojalá los recuperara, ahora que dicen que es medicinal. Ahí sí podré contarles el resto.