Por la plata baila el perro, dijo el escritor

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Cuánta desazón ha generado en el mundo, el hecho de que el ex presidente Lula da Silva resulte ser parte de una serie de escándalos de corrupción que a diario son revelados. Él era una personalidad digna de admirar, era reconocido por haber acertado desde la praxis ejecutiva, la gran obra social que se implementó en el gigante y polarizado Brasil. Su popularidad subió a la cima cuando se evidenció que millares de pobres dejaban de serlo por la implementación desde hace diez años del programa “Hambre Cero”. Hasta el 2015 fueron 28 millones de seres humanos que dignificaron su vida tras la aplicación de programas como agricultura familiar, promoción de alimentos locales, involucramiento de madres en la alimentación, todos ellos vivían con menos de $1,25 al día, en un porcentaje que en el año 1990 era del 17,2% y que al año 2009 cayó al 6,1% según datos del PNUD. Algo realmente envidiable para cualquier mandatario del mundo que no sabe cómo enfrentar al gran enemigo del bienestar económico.
El derecho a la alimentación se fue cumpliendo pues el acceso a los alimentos era real con aquel programa estelar, hubo cumplimiento de soberanía alimentaria. Y no solamente era la lucha por superar el hambre sino la pobreza estructural que atormenta a Brasil. Con este programa Lula pretendió introducir un modelo de desarrollo, de crecimiento económico acompañado de redistribución de la renta. Entonces llegó Dilma a continuar con el propósito, a consolidar lo hecho, pero surgieron otros problemas económicos en el país de 207 millones de habitantes que obligaron al ajuste fiscal y a la reducción de políticas sociales.
Ahora el panorama es triste, pues todos resultaron ser parte de la corruptela por acción, omisión o encubrimiento. La presión aumenta y eso conlleva a que a la presidenta Dilma le queden pocas horas para renunciar a su cargo, con una Justicia independiente y enfrentados a un país que quiere saber por qué Lula se embarró tan feo, no podrán posponer el hambre de verdades.