Nuestros abuelos también reciclaron

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jose-echeverriaLa antropóloga otavaleña Luz María de la Torre comentaba que cuando era niña, el poncho de su padre, una prenda muy importante en el vestuario indígena del hombre, era utilizado de varias maneras cuando ya no servía de poncho. Se lo usaba como cobija en la cama, cuando ya estaba muy viejo se lo hacía retazos para pañales del wawa, luego estos pedazos de poncho pasaban a ser trapos de cocina y cuando finalmente estaban muy viejos se les utilizaba para hacer antorchas. Hasta hace unos cincuenta años, todavía, las prendas de vestir se utilizaban y reutilizaban hasta no poder.
En ese tiempo, la ropa del niño o de la niña se compraba de una talla un poco más grande, para que le quede “holgadito” y le dure algunos años conforme el individuo iba creciendo. Aún más, si en la familia había hermanos menores, éstos heredaban la ropa del hermano mayor. Los zapatos no tenían cambio, mientras no asomaba el dedo gordo del pie. En zapatos deportivos, lo máximo que uno podía aspirar es tener unos “Croydon” comprados en Ipiales-Colombia. Incluso se heredaban los útiles escolares; en mi época, el famoso libro “El Escolar Ecuatoriano” y si no había en la propia familia, se averiguaba entre los vecinos. ¡Qué tiempos aquellos! En verdad, no había mucho dinero, pero la gente “del pueblo” sabía ahorrar y todos aceptaban de buena o mala gana las estrategias de sobrevivencia que imponía el padre o la madre de familia. Estos temas de conversación o historias de vida deberían escuchar ahora nuestros hijos, nuestros jóvenes, que desgraciadamente, sin considerar los exiguos ingresos de los padres de familia, exigen que les compren a cada rato ropa y zapatos de marca. Del simple consumo hemos pasado al consumismo. El verbo consumir se ha vuelto prioritario. Para colmo, los ecuatorianos queremos todo “el más grande”, el televisor o plasma más grande, la refrigeradora más grande, la lavadora más grande, la casa más grande, el carro más caro. La propaganda transmitida por televisión nos lava el cerebro y nos obliga a comprar lo que es superfluo o lo que no necesitamos. Los expertos en marketing doran la píldora y nos venden más el envoltorio que la calidad o utilidad del producto. El placer de ser consumistas, puede costarnos caro.