El sacerdote y el barquero

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El sacerdote y el barquero

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Un sacerdote partió para oficiar una liturgia, en un lugar muy remoto de la selva; pero en el último tramo no había camino, razón por lo cual se requería de viajar en bote, los postreros seis kilómetros para concluir el trecho; es entonces que el clérigo, se vio en la necesidad de rentar los servicios de un pescador que, a la vez, oficiaba de barquero.
Cura, bote y barquero emprendieron su trayecto. El sacerdote dispuesto al protocolo del diálogo preguntó al humilde barquero: - Buen hombre ¿Usted sabe leer, escribir, asistió a la escuela? - El barquero respondió con humildad: < ¡No padrecito, tengo treinta años, pero sigo siendo analfabeto! >
El clérigo meneó la cabeza en son de pesar y luego advirtió: - Hermano mío, has perdido la mitad de tu vida, porque una buena educación te hubiera llevado muy lejos, hacia nuevas orillas -
Más allá, cuando se encontraban a la mitad del camino, una corriente, inesperada y muy fuerte puso en peligro la embarcación y el cura empezó a temblar de pánico. Entonces el barquero preguntó: < Padre ¿Sabe usted nadar? > El cura respondió empalideciendo - ¡No, nunca aprendí! - El barquero increpó: < Padre, yo solo he perdido la mitad de mi vida en no educarme, pero ahora veo que usted va a perder la totalidad de la suya, por no saber nadar; porque la vida me ha enseñado, que a ninguna orilla se llega con la oración y el pensamiento; y la corriente es demasiado fuerte, como para que yo pueda con los dos >
Nadando se aprende a nadar, haciendo se aprende a hacer. Ningún pensamiento o idea, por más buena que sea, mueve las manos y pies. Un ser consciente da la señal, en lugar de criticar. Una cabeza embutida de argumentos con sus respectivos razonamientos, en ocasiones, se vuelve un peso que indigesta y no nos permite avanzar.