El deber del periodista frente a la ciudad

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El primer compromiso que tiene el periodista con el ámbito donde cada día se mueve, trabaja, vive, ama, lucha y comparte con el resto de la sociedad local, es ser coherente con su condición de ciudadano.
Esa condición implica derechos, pero, sobre todo, deberes. Desde ese ejercicio tiene la obligación de motivar que los vecinos se organicen y exijan trabajo y cumplimiento de promesas a las autoridades electas en las urnas y designadas por el poder central.
Pero el periodista no debe quedarse en esa gestión comunitaria.
Su otra dimensión ciudadana, la del profesional que está más cerca de los hechos que la mayoría de la gente común, lo convierte en responsable de que la sociedad esté bien enterada de lo que sucede en la ciudad y de la manera cómo la manejan las autoridades locales, provinciales y delegados gubernamentales.
Por eso el periodista libre no puede contagiarse de burocracia, por más importante o intrascendente que sea esta para el desarrollo o el atraso de la sociedad.
En aquella otra dimensión debe ir más allá de las agendas que tratan de imponerle las oficinas de relaciones públicas y cumplir los cinco mandamientos que aconsejaba el mejor reportero del mundo y gran maestro del periodismo, Rizard Kapuscinski.
El genial cronista decía que nuestro oficio debe basarse en ir, ver, sentir, comprender y contar. Por eso, el periodista está perdido si no es capaz de explorar personajes y situaciones, si no es capaz de olfatear, bucear, preguntar, sorprenderse, llenarse de indignación o colmarse de asombros lejos de los obsoletos boletines y ruedas de prensa y de las monótonas rutinas de quienes pretenden conducir la opinión pública según sus caprichos, intereses o proselitismos.