Juegos de niños... malos

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Juegos de niños... malos

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El filósofo griego Heráclito de Éfeso no fue un ironista, aunque algunas de sus sentencias tengan hoy ese tono, distante y sentencioso. Decía, entre fuego y fuego, río y río de la vida, que “los actos de los hombres son juegos de niños”, verdad que puede interpretarse por lo menos de dos maneras: bien se trata de juegos por la intrascendencia de sus movimientos y propósitos, o bien lo son por la irresponsabilidad y el grado de inconsciencia que involucran. En la escalada de tensión atómica entre Corea del Norte y la del Sur el nombre del juego disuasorio es megatones de muerte.
Ante este hecho, y si pudiese asomarse del abismo de los siglos a lo abismal del nuestro, Heráclito sonreiría con amargura al constatar el aspecto de ludópatas siniestros que tienen esos políticos y científicos que salen a las calles de sus respectivos países para comportarse, ante las pruebas atómicas como fieles de un equipo de fútbol, hinchas de la guerra y el odio. En países cuyo índice de analfabetismo excede al de sus miserables y hambrientos; en países en los que la mujer es poco menos que un trapo de limpieza; enfermos de conflictos civiles y víctimas de los poderosos inversores extranjeros, cuando los hombres se dedican a construir artefactos atómicos es porque en ellos la obsesión ocupa el lugar del deber y el desprecio el sitio del espíritu de solidaridad. Es cierto que en esta carrera de enemistades y amenazas nadie es inocente y que, de un modo u otro, todos, con nuestro pensamiento perverso y velado por la ignorancia, contribuimos a la fabricación de las bombas, pero convendría precisar que hay niños peores, mejores y también imprevisibles, y que los peores quieren ser iguales a los mejores y los mejores reducir el margen de imprevisibilidad mediante unos sistemas de controles que ni ellos mismos conocen a fondo.
De manera tal que todos, absolutamente todos, estamos en las manos de unas díscolas criaturas que inventan juegos macabros para esmerar su capacidad de denigrarse mutuamente y levantar la ampolla de la suspicacia hasta que la piel entera de la Tierra revele en su tumefacta superficie que el mal, el mal de ser humanos, es incurable.