La ética periodística, de las palabras a los hechos

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La “ética” es la disciplina filosófica que estudia el bien y el mal en relación con el ser humano. Que indaga en los encuentros entre el comportamiento social y la moral.
El primero en nombrarla y definirla fue el gran maestro griego Aristóteles, quien la conceptuó como un conjunto de costumbres y normas que dirigen o valoran el comportamiento del individuo, del ser humano, en el contexto de su vida personal y de su vida en comunidad.
Desde entonces es posible definir normativas no solo generales (como la de la convivencia) sino particulares.
La ética periodística, por ejemplo, es un puñado de normas básicas que tiene defensores y detractores y que, en el Ecuador, incluso se la debió normar como herramienta de conducta para los medios de información y para los periodistas.
Lo ordena la Ley de Comunicación, aprobada hace dos años y medio por la Asamblea Nacional por mayoría absoluta, gracias al pacto entre PAIS y el movimiento Avanza.
Aún así, pese a que es una disposición constitucional, levanta polvareda cuando unos decimos que la ética es personal y no empresarial o colectiva. un periodista con una conducta moral transparente y limpia en la vida no necesita que una ley le diga lo que tiene o lo que no tiene que hacer.
Yo estoy de acuerdo con esta posición. Tengo mi ética. Tengo mi moral. Sé lo que debo hacer y lo que no debo hacer en una u otra circunstancia que se me presenta cada día.
Pero, si quiero que mi honestidad sea impecable, esa ética personal debe confrontarse con otras. Porque alguien puede (y debe, como parte de su propia ética) hacerme notar que a veces no soy coherente con mi discurso. O que mi discurso tiene vacíos a la hora de aplicarlo en los hechos cotidianos.
La ética periodística no es, por tanto, un conjunto de normas impuestas ni un instrumento legal. Es una línea de comportamiento en la que yo puedo confiar en función de los demás. He ahí nuestra complejidad: ser juez permanente de uno mismo.