La paz que nos conviene

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La paz que nos conviene

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Juan F. Ruales
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Mientras el equipo Santa Fe de Bogotá ganaba en su estadio a LDU de Quito, en la Habana ocurría el episodio histórico más importante para la paz de nuestro continente, se llegaba a un acuerdo de paz entre el comandante de las FARC-EP Timoleón Jiménez "Timochenko  y el presidente Juan Manuel Santos, acuerdo previo a su firma definitiva el próximo año que pondrá fin a una guerra que empezó a gestarse en 1946 cuando el candidato ultraderechista Gabriel Ospina Pérez ganó la presidencia de la república de Colombia.   En ese año, uno de los candidatos liberales,  el Dr. Jorge Eliécer Gaitán perdió las elecciones, pero su ideología en el fondo socialista, tenía en jaque la oligarquía colombiana. Ospina, obediente a sus financistas de campaña, desató una represión sin precedentes alimentada por virulentos sermones de curas serviles, con el propósito, más que de combatir al liberalismo; de exterminar a sangre y fuego al ala más radical de él encabezada por Gaitán. Hecho que se consumó al medio día del 9 de abril de 1948 con el asesinato de este histórico líder. Yo no había nacido aun cuando, supuestamente,  Juan Roa Sierra disparó contra el cuerpo de Gaitán en los zaguanes del edificio "Agustín Nieto" de Bogotá. Al día siguiente la capital colombiana amaneció en llamas. La derecha había truncado la esperanza de la mayoría del pueblo colombiano de construir una patria justa y éste reacción virulentamente por el asesinato de su líder. Con su muerte, no solo que no se terminó aquel bienio de violencia derechista, sino que se asesinó la paz de Colombia y de América Latina y a muchos dirigentes liberales no les quedó más remedio que salvar su vida internándose en la montaña para tratar mediante las armas de impulsar un nuevo sistema político justo y realmente democrático, pues vía las elecciones amañadas era imposible.    No les quedaba de otra, si no lo hacían, con seguridad correría la misma suerte que Gaitán. De hecho, cuando años después se firmaron varios intentos de paz y los guerrilleros liberales depusieron las armas, de uno en uno, pero todos,  terminaron tarde o temprano abaleados en las calles de diferentes ciudades colombianas. El partido liberal y el partido conservador no eran sino dos caras de una misma moneda política, la  oligárquica,  que no estaba dispuesta a aflojar, como no la aflojado,  las riendas del poder a ningún costo.