El niño de la playa a quien el mundo le negó la vida

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La fotografía apareció en las redes sociales como si nada. Era una imagen extraña. Como rara, como descolocada de la realidad.
Después empezó a aparecer en las páginas web de los periódicos. Y cuando algún editor se dio cuenta de que la escena era “vendedora”, rápidamente la foto se divulgó en todos los medios de comunicación del mundo.
La paradoja fue inmediata: mientras la prensa mercantilizaba lo que después se conoció que era una tragedia, la escena no logró conmover a los líderes del mundo, justamente a quienes son los criminales, los asesinos, los que mataron a ese niño.
Porque son ellos los culpables, los que alientan las guerras, los que venden armas, los que entrenan terroristas, los que desatan el caos para lucrar de èl, los que apoyan gobiernos autoritarios y, al mismo tiempo, crean regímenes paralelos para ganar con cualquiera de las dos facciones.
La imagen serena, tibia, tierna, dulce, nos sensibiliza hasta las lágrimas. Pero nos llena de preguntas, de reflexiones, de rabias, de dolores que cuestionan a la misma vida.
¿Qué derecho tienen Dios o el destino o la historia o la casualidad o los que hacen las guerras para dejar que muriera el pequeño Aylan Kurdi, de tres años, cuya familia intentaba llegar al Canadá huyendo del conflicto en Siria, pero al negarle la visa terminaron a la deriva en las playas turcas?
¿Qué derecho tienen Estados Unidos y Canadá y los países más ricos y poderosos de Europa, que son quienes han promovido los conflictos bélicos en Oriente Medio, que son aliados del estado terrorista de Israel, que buscan la destrucción de los países musulmanes, a negar el derecho a la movilidad humana a los millones de ciudadanos inocentes que solo desean un espacio en el planeta para trabajar, amar y vivir en paz?
Quiero maldecir. Quiero que la imagen del pequeño Aylan Kurdi muerto en la playa al menos les produzca pesadillas o no les deje dormir a los dueños del mundo que le negó la vida.