El desamor nacionalista

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El desamor nacionalista

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No es cierto que el problema de nuestra sociedad sea el desempleo, el miedo al terrorismo o la delincuencia, tampoco la droga, la corrupción o la miseria, los golpes blandos y calles calientes; todo ello es consecuencia, no causa.
El único problema real, del cual se generan en cadena todos los demás, es el desamor.
Aunque nos engañemos hablando de valores éticos, éstos se supeditan en la primera ocasión a la adquisición de otro tipo de valores bastante más concretos.
Enseguida se está dispuesto a cambiar generosidad por posesiones, libertad por dinero, salud por placer, familia y amistad por trabajo, tranquilidad por ambición, serenidad por excitación, justicia por bien personal, etc.
Debido a ello, nuestro sentimiento de culpabilidad inconsciente se ve forzado a un ejercicio de transferencia, y convierte por eso a los políticos en chivos expiatorios.
Obviamente, las naciones tienen los gobiernos que se merecen; y observando la situación internacional y nacional, el panorama general, incluso de aquellos países con una situación económica privilegiada, se llega fácilmente a la conclusión inevitable de que los políticos y los dirigentes son, tienen que ser, en el mejor de los casos, bastante ineptos, y que el otro poder, el económico, en convivencia institucionalizada con el político, se queda legalmente con la mejor parte de la renta nacional, con la de más fácil adquisición.
De hecho, desde que la sociedad permitió negociar a los custodios del dinero, firmó potencialmente su acta de defunción.
Además, ¿De qué sirve que se destituya a cierto tipo de políticos y a cierto tipo de banqueros si existe una inmensa mayoría de ciudadanos dispuestos a ocupar raudos las plazas vacantes?