El martirio de Rosa Zárate y Ontaneda

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La primera independencia no fue sólo un camino lleno de rosas y victorias. Los reveses de la guerra también marcaron en los patriotas profundas huellas de sacrificio. Si para los hombres era duro el camino de la libertad e independencia, no se diga para las mujeres.
La irreverente Rosa Zárate nació en 1763 y murió asesinada en 1813. Supo confrontar al poder colonial, abrazó ideales independentistas, se reveló contra la legislación feudal que facilitaba la dación paterna en nupcias y prohibía el divorcio. Londoño (2009) dice: “Rosa era una mujer de poderoso temple, que fue marcada por una sucesión de terribles acontecimientos. Aparte de las detenciones y persecuciones sufridas por las leyes patriarcales, que castigaban de peor manera a las mujeres cuando rompían las normas de vida de la época, sufrió el dolor de perder a su único hijo (Francisco Antonio de la Peña), en los acontecimientos del 2 de agosto de 1810, donde fue asesinado en el Cuartel de Lima. Quizás esa dolorosa pérdida le infundió mayor valor para compartir importantes y audaces acciones rebeldes con los revolucionarios de la segunda Junta, quienes ajusticiaron a los jefes del bando de quiteños fieles al rey, que encabezaba don Pedro Calisto y Muñoz”.
Tras la matanza del 2 de agosto de 1810, Rosa con su familia decide huir hacia Esmeraldas, pero el realista José Fábrega los descubre y apresa; la orden era juzgarlos y ejecutarlos. Vargas (2013) narra: “Al destapar la primera de las cajas, Erdoíza recibió el impacto de la última mirada del coronel Nicolás de la Peña, uno de los patriotas que hasta entonces había sobrevivido a la represión. En la otra caja estaba la cabeza de Rosa Zárate, su esposa”. En Quito, el poder colonial los exhibió macabramente en la plaza pública. Las historias ejemplares son testimonio de arrojo y valor; aleccionan a la Patria que si bien hay momentos en que se detienen determinadas acciones de lucha, el miedo jamás doblega el ímpetu por ideales valiosos como libertad e independencia.