No hay peor ciego

00:00 57 hits

No hay peor ciego

Ratio:  / 1
MaloBueno 

Cuando muchachos o jóvenes, se mostraban renuentes a aceptar otros puntos de vista, debían escuchar de sus mayores, viejos refranes como: “no hay peor ciego que el que no quiere ver…”, complementado, en ocasiones, con el “¡… ni peor tonto que el que no quiere entender!”.
Cuando el Presidente se queja de decenas de policías heridos, de carreteras obstaculizadas, amenaza con procesos legales a los responsables y luego califica al paro como un fracaso, “ que nadie le paró bola”, solo resta preguntarse si esa ceguera, de la que habla la sabiduría popular, acaso estará afectando a los mandatarios quienes, además, están obligados a ser sensibles frente a las reacciones de ciudadanos afectados por las decisiones de quienes los gobiernan.
Lo quieran ver o no, entender o no, nadie puede negar que Ecuador vive una crisis. Un profundo desencuentro alentado por el poder para el que no hay mejor fórmula para gobernar que dividir al país en buenos y malos. Maniqueísmo irracional que solo ve amigos en los seguidores y enemigos en quienes no están de acuerdo con la imposición de un proyecto político, agenda fraguada en una retórica ajena a los intereses de un amplio sector ciudadano.
Tras las manifestaciones, encerrada en sí misma, incapaz de ver más allá de su círculo de seguidores, refractaria a sintonizar con las demandas y propuestas de ciudadanos a los que no reconoce sus derechos, la cúpula de Pais adopta poses. Actitudes que solo se explican cuando, como en el mito de Narciso, los dioses les condenan a vivir mirándose, enamorados de sí, despreciando al resto hasta que se ahogan en el espejo de agua en el que se reflejan. Sostener tozudamente, como lo hacen las líderes de la Asamblea, que las enmiendas son intocables, rechazar el diálogo “a los violentos”, como lo dice el Presidente, supone cerrar los ojos a la realidad, cegarse voluntariamente para no admitir que existen obstáculos en las relaciones de importantes y crecientes grupos ciudadanos con el poder.
Reconocerlo exige humildad, tolerancia y respeto y esas son palabras desconocidas por muchos políticos.