El ser libertario

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El ser libertario

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Cada diez de Agosto renovamos nuestro espíritu libertario, recordamos la gesta emancipadora que nos llevó a sentirnos libres y autónomos. De este hecho histórico cargado de emotividad y patriotismo sacamos muchos imaginarios que han servido para dar consistencia a la construcción del sentimiento patrio. En la práctica, más allá de la recordación ¿el hombre y la mujer pueden sentirse libres? ¿han alcanzado la plenitud de sus anhelos y realizaciones? ¿podemos afirmar que nuestro país se emancipó realmente? ¿qué es la libertad más allá del mito?
Son preguntas constantes a las que debemos responder con profundidad, tomando conciencia que el paso de un momento histórico a otro no significa encontrar fin a tanta “cadena” que puede atar al ser humano y volverle dependiente, esclavo, sumiso de otros intereses. Son varias las ataduras que impiden ser realmente libre, la principal es el temor a encontrar en la libertad el autogobierno, el camino propio, la responsabilidad y conducción de nuestra vida y también la de los demás, porque resulta que nuestros actos influyen sobre los otros; es más sencillo dejar que otros nos conduzcan y digan liberarnos, como es el caso de los líderes, es más cómodo que los designios divinos nos digan qué hacer; porque el hombre mientras transcurre su vida se torna dependiente, facilista y no se empodera de sus actos, peor aún de la consecuencia de los mismos.
Entonces la libertad como concepto, en la práctica no pasa de ser un mito, un ideal por alcanzar y que acompaña la desesperanza de millares de humanos que aspiran una vida mejor, es el estribillo fervoroso que se grita al mundo cada vez que se enfrenta a la esclavitud de la política y el estado, libertad y justicia es la demanda que ha sostenido a la humanidad. La migración, las revueltas, los levantamientos sociales son formas de alcanzar una supuesta libertad que al menos por un momento nos deja una sensación de plenitud y expansión, pero que al rato nos sumerge en otra atadura. La lección de vida radica en pensar que siempre tenemos algo que romper o cambiar, algo de qué liberarnos, aunque sea por un momento, porque si nos quedamos quietos estamos muertos.