¿De qué diálogo hablan?

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¿De qué diálogo hablan?

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jacinto salasNo creo que sea descubrir el agua tibia afirmar que Ecuador vive, en los últimos años, un escenario de desencuentro. Un ambiente generado y atizado desde las más altas cúpulas del poder, llámese ejecutivo, legislativo, electoral, Tribunal Constitucional, etc. Un maniqueísmo acentuado que ha dividido no solo al país, sino a hogares, grupos de trabajadores, gremios… en buenos y malos. Buenos los que están con “la revolución”, malos los que están al frente.

Como si fuera estrategia de batalla y tierra arrasada destruyen y “queman puentes” para evitar cualquier posible contacto con “corruptos, amargados, perdedores, desestabilizadores…”, porque para ellos debe primar una sola y única verdad: la del poder, la del proyecto político. Y lo triste, lo más absurdo de esta situación es que quienes la propician, bajo todos los argumentos, afirman, sin vergüenza, de que “¡siempre han estado dispuestos al diálogo!” ¿Qué diálogo? ¿Con quién?

Por eso, cuando el régimen plantea un diálogo nacional, buen número de ecuatorianos no acierta a definirse, si creerlo o desconfiar. El diálogo es bueno, necesario, indispensable, urgente para el país. Pero para iniciar un verdadero diálogo, las partes deberían, antes que nada, desmontar todo ese aparataje construido en los vericuetos de la intolerancia, de la intransigencia, de la imposición de la mayoría, sin respeto alguno por las voces disidentes. El régimen debería bajarse del trono, quitarse las gafas negras con las que atenúa la luz, y mirar, con claridad, lo que quiere la comunidad. Ese país profundo que un día escogió un presidente y cien asambleístas, no un rey, ni cien súbditos, sumisos, incapaces de romper el círculo del vasallaje. Si el sistema plantea diálogo, bienvenida esa expresión de madurez humana y política. Pero debe ser un diálogo sin condicionamientos, caracterizado por una sincera, honesta, muestra de respeto a las creencias, convicciones, planteamientos de los otros. Solo así será un verdadero diálogo, el que posiblemente quiere y anhela el país, cansado del insulto, la propaganda, de las contramarchas de los defensores de la revolución, del miedo a decir su propia voz, su verdad.

Jacinto Salas Morales
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