¿Ocho a uno?

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¿Ocho a uno?

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david ruizEn la ciudad de Guayaquil, el 25 de febrero de 2014, luego de la derrota electoral sufrida por su movimiento dos días antes, el presidente Rafael Correa, expresaba: “Esta elección nos demostró, incluso, abiertos engaños; mil sesenta y seis centros, ¿cómo se llaman?, los Comités de la Revolución Ciudadana (CRC); convocamos a los mil sesenta y seis, fueron cuatrocientos, y el resto ni siquiera existía; y de los cuatrocientos Comités, muchísimos eran una persona; no podemos, como revolucionarios, vivir engañados”. Días más tarde, el 18 de marzo, en la ciudad de Milagro, reafirmaba: “En muchos lugares, Alianza País es una ficción, no existe… en otros, existe, pero es la partidocracia, es una argolla y se reparten los cargos, etc.; en otros, existe, están bien organizados, hay gente sana pero demasiado ingenua”.  Al parecer, el engaño persiste, y en su peor versión: el autoengaño. El presidente debería saber que, lo que él mismo constató hace algo más de un año, sigue igual o empeoró. ¿Por qué decimos esto? Porque para la marcha de ayer -Día del Trabajo-, se repitieron viejas prácticas politiqueras, como aquella de reunir gente a base de ‘invitaciones obligatorias’. “El viernes me toca ir a Quito, ya sabe a qué”, me decía un servidor público por contrato. Docentes contratados tuvieron el día jueves libre, para que asistan el viernes a la marcha del gobierno en Quito. “No voy por gusto sino porque me obligan”, decía el 15 de octubre de 2010, un habitante de Rumipamba Grande (Imbabura), quien fue llevado a Quito a ‘respaldar’ al presidente Correa, a los 15 días del 30-S.
“No estoy de acuerdo con que se nos trate así”, decía una maestra contratada, el miércoles pasado. “El Estado garantizará a las personas trabajadoras el pleno respeto a su dignidad”, dice el artículo 33 de la Constitución. ¿Cuántos jefes de empleados públicos violan a cada rato este artículo? “Somos más… Fácilmente les vamos a dar ocho a uno”, anunció Correa hace tres días. Y si así hubiese sido, no pasaría de ser una victoria pírrica, el corolario del más grande autoengaño.