Los audltos mayores, entre el olvido y la carencia

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Los audltos mayores, entre el olvido y la carencia

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portadilla-carchiAyer fue Navidad, pero Francisca Simbaña no lo supo en su totalidad. No solo porque su memoria no es del todo lúcida, sino también porque no recibió ninguna visita familiar que le recuerde  la celebración de los 2015 años del nacimiento de Jesús.  


Sentada, en medio de un grupo de treinta adultos mayores del Centro  Gerontológico ‘Sara Espiándola’, en Tulcán, Francisca no recuerda tampoco cuántos años tiene, menos aún, hace cuánto llegó a este lugar. Es probable que tenga 90 años, esto, basados en lo que esboza  su rostro, sus manos, la quietud con la que mira a sus demás compañeros.
Cuando se le pregunta a Francisca ¿Le gusta la Navidad?, responde que sí, luciendo su gorra navideña.  “Navidad es galletas y caramelos”, dice con una sonrisa, y recuerda que de cuando en cuando en estas fechas hay quienes llegan al Centro con algunos obsequios. Pero al preguntarle qué esperaba recibir por Navidad, su respuesta es clara: una visita, sin importar la fecha.
Y sí, quizá el tiempo sea el regalo más preciado que adultos mayores como ella puedan recibir.  La mayoría espera algo tan simple como una visita. Volver a ver sus hijos, nietos, antes de que sus memorias los abandonen para siempre.

LOS CARRETONEROS
Y una historia similar vive Rafael Reascos. Él no está en un Centro Gerontológico. A sus 75 años es parte de la Asociación de carretoneros 26 de Mayo. Sentado en su carreta de madera, estacionada en la esquina de la Venezuela y Av. Coral, Rafael espera que alguien solicite una carrera para así reunir los 3 dólares diarios que en el mejor  de los casos llega a ganar. De manera serena, admite que está solo. Vive en un pequeño cuarto en la Olmedo y Bolivia. “Uno comete errores”, dice y quizá con eso justifica que hoy no tenga a nadie, ni sus hijos, ni su esposa viven con él. Trabaja a diario para reunir los 30 dólares al mes que debe cancelar como arriendo y para tratar de alimentarse. “Cuando hay me sirvo un almuercito, sino pues alguna golosina”. Nadie se acordó de estas personas en Navidad y a diario son invisibles al acelerado ritmo en que vivimos; pero están ahí. En esta Asociación son 25 integrantes; todos adultos mayores que prestan sus servicios de transporte de productos en carretas de madera.
SUS HISTORIAS
Carlos Paspuezán de 69 años, es  el presidente dela Asociación. Señala que todos tienen necesidades y por eso trabajan; aunque agrega que lo ya no tienen es fuerza y por eso se ayudan de la carreta. Transportan fideos, aceite, azúcar, productos que los colombianos llevan al por mayor de las bodegas ubicadas en los alrededores.  “Ya no podemos cargar los bultos; además por cada uno nos pagan 30 centavos; ese trabajo le dejamos a los jóvenes”. La necesidad económica los obliga a salir todos los días, exponerse al sol o al frío a cambio de reunir un par de dólares. Pero hay días en los que definitivamente no suman nada. José Briceño a sus 84 años también es carretonero; “a los de la tercera edad ya no nos ocupan para nada”, dice con algo de tristeza.
SENTIRSE VIVOS
Aferrarse a este trabajo no solo es su manera de solventar una necesidad económica, sino también su recurso para sentirse vivos, útiles, productivos, de salir, convivir con la gente, ver el mundo. Para los adultos mayores la Navidad y el Fin de Año pasan casi inadvertidos, son momentos de nostalgia, de recordar a los que no están, de esperar para saber qué pasará, y aguardar que quizá hoy aparezcan aquellos a los que les dedicaron gran parte de su vida.