Los helados de paila son una tradición centenaria en Ibarra

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Los helados de paila son una tradición centenaria en Ibarra

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Ricardo Granja, nacido hace 25 años en Atuntaqui y empleado privado en la Ciudad Blanca, suele desayunar todos los días en el local más tradicional de los legendarios helados de paila de Rosalía de Suárez.
En el céntrico local de las calles Olmedo y Oviedo 782, cuyo teléfono es el (06) 29595872, a Ricardo le fascinan las empanadas de verde y el café negro.


Mientras desayuna junto a sus compañeros Pablo y Ángela, recuerda que desde la primera vez que sus padres le trajeron a visitar Ibarra nunca más ha dejado de venir a este cálido lugar.
Cálido porque así lo han querido sus dueños. Simple. Sencillo.
La forma cómo está estructurado el local tiene un aire tradicional, un aire heredado hace más de 100 años, inaugurado justamente en el año 1916 y que ahora tiene al menos ocho locales, en Ibarra cinco y tres en Quito.
Todos los negocios relacionados con los helados de paila tienen el permiso testamentario de la matrona Rosalía, quien pocos años antes de su muerte decidió que durante seis generaciones se pudiera usar su nombre. Y así lo han hecho y lo siguen haciendo sus descendientes.


Consuelo Terán de Suárez es viuda. Tiene 75 años y detrás de sus gafas de grandes marcos negros y vidrios de color café existe una larga historia.
Su esposo, nieto directo de la legendaria ibarreña Rosalía de Suárez, quien creó el sorprendente helado de paila (un nombre que parecería una contradicción), murió hace diez años, cuando tenía 66 años.
Él era quien sostenía, con enorme entusiasmo, el negocio. Y fue él quien tomó la decisión de que el estilo del local, con dos pisos donde se reparten mesas y sillas de madera pintadas de color blanco, con mesones de granito, se mantuviera así.
Consuelo, que tuvo cuatro hijos con Rubén, trabaja en el local junto a su hija Mónica (odontóloga) y a su nieto Ismael Guevara Suárez.


Sus otros hijos son Álvaro Suárez Terán, quien reside en Quito y por la herencia que lleva en sus genes es un emprendedor del servicio de cafetería y bocaditos: él es dueño de uno de los lugares más emblemáticos del centro de la Capital, “El café del Teatro”, que goza de un enorme prestigio y que justamente está ubicado, de manera estratégica, frente al centenario Teatro Sucre, en la plaza del mismo nombre.
Su otro hijo, Ricardo, es funcionario de Emelnorte, en Ibarra, y su última hija es Alexandra, quien optó por estudiar en la universidad Pedagogía y hoy es catedrática de Inglés en la Universidad Técnica del Norte, UTN, en  Ibarra.
En la heladería laboran con uniformes, vestidos con camisetas negras y delantales a rayas negras y blancas, los empleados Darwin Duarte, de 22 años, Adriana Cando (24), que se enorgullece de permanecer aquí más de seis años, Gabriela y Gloria, de edades similares a la de Adriana.


El local suele tener picos de asistencia de clientes por las tardes, cuando los comensales pueden servirse un helado de conos de marca Campeón, café o empanadas con humitas, ensaladas, batidos y cafetería (expreso, tradicional, capuchino, mocachino y café en leche).
 Mientras nos pide que por favor probemos un poco de su helado, aunque entiende que no es lo usual que un periodista acepte regalos o invitaciones de las fuentes, explica que uno de sus orgullos es haber ganado el premio de prestigio y calidad en un reciente concurso turístico que calificó los mejores restaurantes y cafeterías de Ibarra.
El otro orgullo es haber sido la primera a quien se le ocurrió preparar helados dietéticos, para quienes sufren de diabetes y no quieren perderse el placer de servirse un helado de sabor y contextura tan especiales.
Pero Consuelo expresa que no solamente los helados de paila son los productos alimenticios que atraen a la gente, sino también lo más sencillo y lo más barato.


Cuando llega una familia ambateña, por primera vez a conocer y disfrutar los placeres de los helados, Consuelo les comenta que también hay otros productos.
Y, en verdad, quien quiere disfrutar de un buen desayuno o unos antojitos al mediodía o en la tarde (la heladería abre todos los días, incluido los domingos), puede servirse un café con pan y nata (que cuesta solo un dólar con pan y nata), un café con humita (un dólar con cincuenta) y, para rematar con la  tradición, un helado de paleta (de 75 centavos).
Esta amable y cariñosa mujer, que antes de abordarla parece que fuera muy seria y distante, es a su edad mucho más activa que cualquier persona de muchos menos años.
Aparte de administrar durante las tardes la heladería (en la mañana lo hacen su hija Mónica y su nieto Ismael Guerrero) es directora del primer grupo de danza tradicional en Imbabura (el Ñucanchi Llacta o “Nuestra tierra”), que ensaya todos los martes y jueves a las siete y media de la noche en la Casa de la Cultura Ecuatoriana (CCE), núcleo de Imbabura.


El grupo, que el próximo año cumplirá 50 años de fundación,  suele presentarse, en ocasiones, en la CCE, pero su escenario favorito es la hostería Chorlaví, donde su grupo deslumbra a los turistas los fines de semana, a las dos de la tarde.
Al mismo tiempo, es directora administrativa, desde hace 30 años,  de la Unidad Educativa  Particular “Lidia Sevilla León”.
Y como es una mujer incansable, luchadora y proactiva, también ha incursionado en la política: fue concejala durante los períodos de los alcaldes Mauricio Larrea y Pablo Jurado.
Entre los helados y todas aquellas actividades que no son complementarias, sino que forman parte de la vida cotidiana de Consuelo Terán viuda de Suárez, su vida transcurre sin pausas, sin descanso, y ella lo disfruta así.
Quizás si no hiciera tantas cosas al mismo tiempo.
Si no combinara sus actividades culturales, gastronómicas, administrativas y docentes en el día a día, su aspecto físico sería otro, el de una mujer anciana que se ha dejado vencer por los años y por la vida.
Pero ella no.
Es luchadora y dice que a los comerciantes pequeños y medianos no les dan tregua ni el Servicio de Rentas Internas ni el Ministerio de Trabajo y, por tanto, le toca tener absolutamente todo en regla, tanto con su grupo como en su colegio y, por supuesto, con la heladería.
Y los maneja con solvencia porque es licenciada en Hotelería y Turismo, conoce toda América Latina y Estados Unidos gracias a las presentaciones a las que le invitan a su grupo de baile tradicional y goza del cariño de sus alumnas, porque, me recuerda con esa altivez de mujer incansable, también fue profesora durante 30 años en los colegios María Angélica Idrobo, Alberto Enríquez y Víctor Mideros (en San Antonio de Ibarra).
Insiste en que Ibarra podría ser una potencia turística por sí misma, no porque esté junto a las bellezas de los lagos imbabureños o porque tenga a Yahuarcocha como atractivo.


Desde los tiempos en que ella era concejal y, antes, cuando su padre, Azael Terán, era el director-propietario de Radio Equinoccial, su familia ha hecho enormes esfuerzos porque los comerciantes y quienes ofrecen servicios de turismo no le dejen morir a Ibarra los domingos.
Y dice que lo lógico sería trabajar de martes a domingo y descansar el lunes. Porque el turismo es una fuente de ingresos para muchísima gente que ahora ni siquiera tiene trabajo.
Hace una pausa. Pide disculpas para moverse por entre las mesas y preguntar a sus clientes si todo está en orden.
Vuelve a nuestra mesa. Mira, como sugiriéndome que yo también lo haga, la cantidad de reportajes que los medios impresos le han hecho a lo largo de la historia de la heladería.
Pero, apunta, los otros temas nunca he hablado con periodistas, porque no ayudan demasiado.
¿Cuáles son aquellos “otros temas”?
El del turismo.
El de la educación.
El del exceso de controles del SRI y el Ministerio Laboral.
El de destacar que nadie más que ella ofrece tanta variedad de sabores: “Son 16 clases de helados, señor, qué le parece?”
Parece una persona de buen corazón.
Es conmovedora la manera en que se acerca a supervisar el trabajo de Darwin en la paila. “Mi Darwin es una máquina”, pronuncia como si fuera lo último que quisiera decir, aunque precisa que Adriana, Gabriela y Gloria, sus tres otras empleadas, son honestas, trabajadoras y llenas de compromiso y mística.
Cuando el comensal Ricardo Granja y sus dos compañeros de trabajo se van del local, les pregunta en la puerta si todo estuvo bien.
La sonrisa de Ricardo dice todo. Porque mañana volverá por un café y una empanada.