Suárez Veintimilla, sacerdote y poeta, por Susana Cordero de Espinosa

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museookHe tenido, no sin preocupación, la audacia de adentrarme en un doble terreno en el que tan poco podemos atrevernos a decir: en el de la poesía, que exige cualidades críticas y estudio pormenorizado y quizá erudito, y en el de un ámbito mucho más difícil de captar, de entender, de enfrentar con vigor por el estudioso y el lector, cual es el de la poesía religiosa.

libroSin embargo, aclararé, de modo previo, que el ámbito de lo religioso es el de la creencia humana, es decir, el de la fe que acepta, porque renuncia a pedir explicaciones y razones, la existencia de la divinidad. Mientras que el ámbito de lo filosófico, el de la comprensión racional, siempre limitada, confina allí donde se inicia la experiencia del misterio.

Si hoy mismo es tan difícil encontrar entre los nuestros, ámbitos que tomen en serio la poesía, que la cultiven en la lectura y la crítica sagaces, que la propaguen en la escolaridad, cuando es tan necesaria para cultivar sensibilidades jóvenes y lúcidas y ocuparlas en lo esencial, Suárez Veintimilla debió sentirse solo en un quehacer al que entregó la vida, quehacer entrecruzado con su búsqueda religiosa.

Desde luego, en lo atinente a la poesía de Suárez Veintimilla, podemos hablar de genuina poesía religiosa, no de poesía mística. Hombre en equilibrio, ciudadano sin tacha, plenamente identificado con el paisaje, con la naturaleza de generosidad y variedad enormes de la tierra, con los seres humanos humildes, no tiene pretensiones místicas ni en su poesía ni, aparentemente, en su vida.

De él nos queda una religiosidad fiel, una búsqueda sencilla y una entrega constante, en los otros, a ese Dios que ve en todos los seres que conoce, a ese Señor en quien cree, en quien anhela creer cada vez con mayor intensidad.

No se sabe que en su vida hubiera ninguna de las llamadas en la ascética, “vía purgativa, vía iluminativa y vía unitiva”, ni en su poesía expresa estos ‘caminos’. Ni quietud, ni éxtasis, sino devoción y entrega discretas, humildes.

Ciertamente, algunos de sus poemas revelan una contemplación estética singular, experiencias de fusión con la hermosura del paisaje, de integración casi corporal, arrobada, contemplativa, con el agua, la montaña, las piedras, el abismo…

Pero nada hay en él ni en su poesía, de pretendidas inefabilidades, de intuiciones extremas, inestabilidades o pasividad a las que se refiere la experiencia mística. Anhelaba, sin duda, la perfección, aunque probaba, en su experiencia diaria, las dificultades de alcanzarla.

Se sentía llamado, respondía, pero era más y mejor ciudadano en su saludo cordial y abierto, en su sonrisa que lo mostraba siempre disponible para todos, desde su bicicleta humilde, hasta el final.

La inquietud poética de Suárez Veintimilla encontró en la lectura de la obra de Claudel, tan distinta y, a la vez, tan una en la búsqueda llena de fe en el Dios de la iglesia católica, la alegría de una fraternidad íntima, de una búsqueda similar, de una pasión, que le contagia de ansia de belleza, y le empuja a seguir insistiendo en la conversión diaria que le exigían su trabajo, su fe, las pequeñeces y limitaciones del ambiente en que vivía.

Susana Cordero incluye en su estudio, el bello poema de Claudel:

La Virgen a mediodía, que ella traduce de manera muy especial y grata:
Es mediodía. Veo abierta la iglesia. Debo entrar Madre de Jesucristo, no vengo a rezar
Nada tengo que ofrecerte y nada que pedir
Vengo solamente, Madre, para mirarte
Mirarte, llorar de felicidad, saber
Que soy tu hijo y que tú estás aquí…

Y lo hace, sin duda, porque es un poema hermanado con uno del propio Suárez Veintimilla:

Beber el agua de tus ojos, madre
de rodillas:
guardar esta agua azul de tu mirada
que brota dulce y limpia,
en el cántaro negro de mis ojos
para la sed del día…